Los collaguas se decían hijos del volcán Collaguata y aseguraban proceder de sus entrañas. Cuenta la leyenda que “de él salieron todos ellos con sus armas, atuendos y tocados; y bajaron por las faldas del nevado conquistando la región”. Un rasgo que los caracterizaba era la singular forma aguzada de sus cabezas; las que deformaban cuando recién nacidos imitando la figura del cono volcánico al que consideraban apu tutelar.
Una diferencia adicional entre los pueblos de la región fue el idioma. Los collaguas hablaban aimara y los cabanas una forma de quechua algo diferente de la del Cuzco.
A pesar de la presencia del torrentoso río que atravesaba sus dominios, los antiguos habitantes del Colca se veían en la imposibilidad de emplear esas aguas para irrigar sus campos, La razón era que el río discurría al fondo de un profundo cañón, a veces a miles de metros por debajo de sus tierras. Siendo que el agua, imprescindible para la vida y el sustento de sus pueblos, se originaba en las nieves de la cordillera, decidieron concertar allí su ingenio para conducir el líquido vital a través de extensos canales y acueductos, y transportarla hasta sus cultivos. Aprendieron también que debían utilizar la mayor cantidad de niveles altitudinales o pisos ecológicos, con lo que consiguieron una diversidad de cosechas y excedentes alimentarios que les permitieron consolidarse como los señores absolutos de la región.
Sin embargo, la compleja geografía de sus territorios fue para los antiguos hombres del Colca una fuente permanente de desafíos y retos descomunales. Ella favoreció el desarrollo de un extraordinario sistema de chacras en andenes que aún hoy continúa sorprendiendo a todo aquel que tiene la suerte de observarlos.
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